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domingo, 27 de octubre de 2013

Una estudiante de La Plata

Por Fabiola Merlo 

Son las 8:25 cuando Dalma  despierta para terminar su proyecto de educación Inicial, el cual trata de un primer Plan de Clase que tiene que ser aprobado y así podría dar su primera clase el martes siguiente.
A las 11 debería  estar en el Jardín 1438 para la observación, pero sale unos minutos antes en bicicleta para imprimir la evaluación. El grupo de niños que le tocó ya le era familiar, porque habían estado en un cumpleaños del que ella se encargo de animar.
–Me emocione porque fui al jardín y me sabía los nombres de todos- recuerda la joven.
 Allí estuvo hasta el mediodía, pasó por el supermercado por algunas compras antes de ir a casa y almorzar. Muerta de calor, tuvo que correr hasta la sede de Gimnasia por un seminario que tenia que cursar. Regresó nuevamente a la pensión a las 14, para terminar el segundo trabajo sobre educación primaria y  luego fue hasta la Escuela Provincial N°5 para una nueva observación, ya que necesita tomar notas de ambas y así poder planificar sus primeras clases. Desde las 18 hasta las 20 tuvo que cursar hasta por fin llegar a su casa y poder descansar.
Ella es de Lobería, provincia de Buenos Aires y está en el quinto año de profesorado en educación física. Debería recibirse en diciembre, pero debido a que tuvo que retrasarse un semestre, estaría haciéndolo en el transcurso del próximo año.
Dalma llegó a La Plata y comenzó a vivir en el Centro de Estudiantes de Lobería. Después de unos meses se fue a Tolosa con su ex novio, pero las cosas no resultaron muy bien. Al cabo de tres años se fue a vivir con su prima a un departamento hasta fines de este abril.
 – Tuve problemas con ella, es decir, ella quiso vivir sola así que yo tenía que buscarme algo para vivir – cuenta y agrega que empezó a buscar residencias estudiantiles para poder mudarse.- Sola, un departamento no podía pagarlo, así que anduve averiguando personas que quisieran compartir.
No tuvo otra opción más que optar por pensiones, que era lo que no quería. Intentó conseguir mixta ya que las que había visto no dejaban traer visitas y no le convenía. Por suerte, encontró una de chicas en la que se lo permitían y es en la que se encuentra viviendo actualmente.

Problemas en la residencia
- Empecé bien, genial. Porqué yo lo que quería era una pensión en la cual pudiera estar lo más libre posible. No quería que nadie me vigilara, ni me controlara, ni nada por el estilo.
Hay problemas de electricidad en toda la casa. Recuerda que se le quedó un “alargue” pegado a uno de los conectores de su habitación. El dueño de la pensión pudo sacar el cable pero dejándola completamente a oscuras.
– Tenía una bronca terrible. Yo tenía que estudiar porque rendía.
Una semana después, se pudo resolver el inconveniente.
En otra oportunidad, tras volver de un fin semana a la casa, encontró su habitación inundada por la lluvia de días anteriores. Al parecer el agua se había filtrado por una de las paredes.
– Tenía un amigo que me había prestado seis libros para hacer un trabajo de teoría 4 y estaban todos mojados y arruinados.
El dueño de la pensión prometió hacerse cargo de ellos, descontándolos de su alquiler.
También ha tenido otros problemas como quedarse hasta dos semanas sin internet, a veces el teléfono no funciona y tiene ciertas inconformidades con la limpieza de la casa.

Vida laboral
Hace dos años y medio que trabaja con animaciones para fiestas infantiles, algo relacionado con su profesión. Son 5 o 6 personas encargadas de juegos deportivos, show de títeres, entre otras cosas.
–En realidad, es más como para tener un dominio del grupo. Si empezás con animaciones de fiestas y sentís que no aguantás a los pibes, no te dediques a esto.
Dalma hizo un curso de spinning y empezó a dar clases dos días a la semana.
– Estoy viendo la posibilidad de tomar más horas y dejar las animaciones, ya que son principalmente los fines de semana y aprovechar ese tiempo para estudiar. Arranqué mis practicas y ahora que voy a comenzar a dar clases de Inicial y Primaria, eso me demanda tiempo- cuenta, mientras toma un vaso de cerveza y mira el partido de su equipo favorito en la televisión, después de un día muy agitado. 

Pensión en “Villa Humo”

Por Gustavo Martín Barrón

“Falta ropa de la soga”, dice Jorge al entrar en la pensión. Estudiante de periodismo de 23 años, fue casi expulsado de su Tres Lomas natal por querer seducir a la hija de un importante político en el día de su cumpleaños. Llegó a La Plata en 2010 con ganas de estudiar y se las está arreglando. Con poco, pero bien.
El lugar está impregnado de olor a puchero y comidas de olla, paredes de chapa y pasillos muy chiquitos donde poder  moverse al entrar.
–Tuve que aprender equilibrio- confiesa, por sus llegadas de madrugada a la pensión y no precisamente sobrio.
El living-cocina es un ambiente de tres por dos metros y casi es suficiente un encendedor para calefaccionarlo. En verano tiene que huir a casas de amigos para no cocinarse vivo.
Decidió alquilar ese lugar por falta de dinero (que quisiera recibir de su familia). Se las arregla vendiendo pan casero en las calles de la ciudad y le alcanza justo.
La cocina parece haber tenido varias peleas con comidas. Su color es una mezcla de alimentos nunca antes limpiados y óxido.
-Yo quisiera estar en un dos ambientes muy relajado, tirado en un sillón-. Con su mirada expresa la más cruel de las verdades: el anhelo del confort nunca encontrado.
El techo es muy bajo y se aleja un poco al sentarse en un almohadón que ha sido varias veces cosido. La mesa es una puerta sin uso ni picaporte. Las paredes están pintadas color verde agua y son lo mejor del lugar. Un cuadrito de la Selección Nacional al mando de Messi y una estampita de la Virgen ocupan la pared del lateral derecho.
La heladera es  un cacharro viejo que cumple bien su función: mantener en una temperatura lo suficientemente baja a su escaso contenido. Casi siempre lava a mano su ropa y la cuelga cuando él está en casa. De lo contrario, desaparece como por pase mágico de algún bandido de prendas.
Una repisa le sostiene los pocos cubiertos, platos y una taza de River. Al lado nomás, unos apuntes de la cursada y unas cartas de póker sobresalen por un costado. Dos envases de cerveza en un rincón de la mesa terminan de demostrar la vida cotidiana de Jorgito. “Buen jardinero”, dicen los que pudieron probar el fruto de la naturaleza y producto de su felicidad.
Lo que llama la atención es su celular de última generación. Preguntar su procedencia es innecesario, ya que no deja de sonar durante toda la tarde en “Villa Humo” (así suele nombrar al barrio).
Uno de los mensajes lo altera. Saluda apurado y pide disculpas. Desde la puerta de la pensión puede vérselo emprender su salida con un pretexto poco verosímil.


sábado, 26 de octubre de 2013

Claridad en los contratos: lo que ahora deben hacer las inmobiliarias

Desde el pasado 17 de octubre las inmobiliarias de la ciudad de La Plata deben publicar en sus sitios web las condiciones y requisitos formales para el alquiler de viviendas o locales.
La ordenanza fue emitida por el Consejo Deliberante de manera unánime y pretende erosionar confusiones una vez arreglados los contratos.

De este modo inquilinos y propietarios ganarían más seguridad y confianza al verse advertidos de antemano de todas las cláusulas existentes y gastos necesarios requeridos por las inmobiliarias.


La nueva norma fue propuesta  por Lorena Riesgo, miembro del bloque bruerista, y avalada, luego, por el resto de los partidos.
Para la concejala  la normativa que rige hace unos días sobre el mercado inmobiliario busca desterrar cualquier modificación eventual en los contratos, “luego de formalizarse la seña o reserva del inmueble”.
Riesgo apuntó además que, “muchas veces en la afamada “letra chica” de los contratos se establecen cuestiones que, incluso, están prohibidas”.
De ahí el objetivo de torcer el estado de una situación a menudo perjudicial para inquilinos y propietarios, “lo que queremos son las cosas claras”, concluyó la representante del FPV.
La iniciativa tuvo sus orígenes en demandas de individuos particulares y en colectivos  orgánicos de inquilinos en la ciudad, como la Asociación Platense de Inquilinos ( API), que trabaja desde el 2012 en una oficina en calle 47,  casi esquina  13. Allí se realizan denuncias por abusos contractuales y se ofrece asesoría legal a inquilinos incautos o poco precavidos de las habituales “trampas” y exigencias indebidas de  inmobiliarias y dueños. El espacio no sólo pugna en favor de estas problemáticas, intenta ser además, un lugar de organización y reunión que invita a acercarse y participar a quien lo desee.

El cuchitril

Por Renso Valentini

Cerca de 2 y 59 se levanta una torre de siete pisos. La mayoría de sus departamentos, separados por delgadísimas paredes, son monoambientes. También hay seis unidades con un dormitorio. En una de ellas conviven Andrés, Emanuel, Javier y Rodrigo.

Las hornallas de la cocina sobresalen apenas entre las capas acumuladas de geología culinaria. Almuerzos y cenas fueron dejando sus respectivas marcas, registrando en el latón la historia de todo lo que aquí fue cocinado. La grasa que recubre los cerámicos permitió que un tallarín quedase fosilizado en ellos.

-Cuando me mudé, Andrés ya vivía acá desde el año anterior- dice Rodrigo, mientras la cara del otro se pierde en una bocanada de porro-. El primer día de febrero, la luz estaba cortada y la heladera, por tanto, apagada. Sentí un terrible olor a muerto que llegaba desde el congelador. Me acerqué y descubrí que este sujeto se había olvidado, al irse en diciembre, un paquete de salchichas adentro. Pasame eso…

Javier y Emanuel llegan con ocho cervezas Brahma, recién compradas en un almacén del barrio que se caracteriza por respetar “el frío de la birra” más que el horario en el cual está permitido venderla. No obstante, son las siete de la tarde y quedan dos horas antes de que cambien al “precio clandestino”. Luego de las nueve, cada botella se remarca en un cincuenta por ciento. Ser previsor, en este caso, ahorra bastante dinero.

Los cuatro son del mismo pueblo. Andrés estudia marketing; Rodrigo y Emanuel, informática y Javier, que es el hermano menor de Rodrigo, ingresó este año en Económicas. Los primeros tres tienen veintidós años y el más chico, diecinueve.

-El barrio está muy bueno- aclara Emanuel-. Hay un montón de negocios, queda todo cerca. En 1 y 60 tenés colectivos que te llevan a toda la ciudad. Pero acá, a una cuadra, el tránsito es mucho menor.

En la bacha, una montaña de platos reclama ser lavada. El sol se esconde y su rojura es reflejada por un tenedor que se balancea en la cúspide de esa formación. Debajo de la mesada, la basura acumulada en el tacho desafía también la ley de gravedad. El cigarrillo ya es tuca y dos envases vacíos de Brahma custodian la mesa de comedor, que separa cocina y living en este ambiente único.

Más allá de la mesa hay dos sofás enfrentados: uno está prácticamente desvencijado y el otro, aunque su tapizado evidencia bastante maltrato, conserva aún cierta firmeza estructural. El más “sano” está  ladeado por dos sillones individuales, lo que hace un juego de living completo, traído luego de un recambio de muebles en la casa pueblerina de Rodrigo y Javier. La mesa ratona, ahora atiborrada de apuntes, habrá tenido también sus mañanas de mate y bizcochos en la galería de alguna vivienda rural.

Todo aquí es reciclado, donado, prestado por familiares. La heladera, que gotea constantemente desde su puerta superior, no escapa a esta lógica. Todos los vasos son distintos y eso evidencia su pasado común: las barras de los bares platenses.  Andrés vacía la cuarta botella en uno de ellos y golpea suavemente la pared:

-El edificio es bastante nuevo, por lo que las instalaciones funcionan bien, pero hicieron las paredes tan finitas que escucho las conversaciones de mis vecinos. La punkie que vive al lado te mata con la música. Sólo la apaga a la hora de tener relaciones: baja el volumen, corre los muebles y empieza a gemir descontrolada. Te quema la cabeza. Al lado viven dos viejos que no escuchan nada.

-Están re locos. Hace no mucho, me subí al ascensor y ahí estaban. El espejo roto y los pedazos en el piso. Los viejos, ya adentro, me miraron desconcertados y les pregunté qué había pasado. La vieja acusó a su esposo de “ponerse loquito y romper cosas”- recuerda Emanuel. –Si lo ves, te das cuenta de que en este edificio, lleno de estudiantes, el viejo es el menos sospechoso. Aún así, fue él.

-Frente a los viejos vive un gallego. El muy puto escucha Luis Miguel desde las 9 de la mañana, al palo. ¿Te parece?- se indigna Rodrigo, al momento que destapa otra botella con un encendedor verde.

El departamento lindante al del español está desocupado. El vacío permite que los hits noventosos de Luismi invadan el palier, a veces encontrándose con el industrial de Rammstein o las orgásmicas invocaciones a la divinidad (“¡Ayyy, Dios!”), provenientes del monoambiente de la punkie.

Las paredes del lugar no se caracterizan sólo por su incapacidad para aislar sonidos: también se abollan al menor contacto. Así lo evidencian las decenas de marcas de nudillos dejadas por alguien que seguramente padece de algún serio trastorno.

Le llaman dormitorio a un ambiente que contiene dos literas paralelas (una apoyada en cada pared), separadas entre sí por un pasillo de menos de un metro. Las camas no están hechas. La alfombra, sobre la que se desparraman varios pares de zapatillas, hace tiempo que no es aspirada. Las puertas corredizas de los placares han sido extraídas de sus rieles y colocadas contra la pared. Para poder ver todo esto hay que encender la luz, ya que la persiana se rompió hace rato y aún no fue reparada. Rodrigo pulsa el interruptor y la pieza vuelve a las penumbras.

Al salir de la habitación y girar hacia la derecha, hay un espejo de dos metros de altura y uno de ancho. Si, en cambio, se dobla a la izquierda, se estará nuevamente en la cocina-comedor-living. 

Si se avanza derecho desde la puerta de la pieza, al primer paso se llegará a la puerta del baño. Esta habitación no tiene luz natural, una rejilla en la pared intercambia el aire del cuarto con el que circula por el conducto de ventilación del edificio. La bañadera y su cortina podrían ser caldo de cultivo de un futuro virus zombie. El flotador del inodoro no funciona y hay que tirar de una especie de caña plástica sumergida en el agua para vaciar la mochila.

Estos cuatro estudiantes viven una rutina de actividad frenética durante sus horas de estudio y ocio total en su tiempo libre, lo que no deja margen para las tareas domésticas. El cuchitril donde habitan es prueba de ello.

martes, 22 de octubre de 2013

Breve recorrido por Plaza Italia

Por Augusto Bertone

Aquel que camine por primera vez las tumultuosas calles céntricas de la ciudad de La Plata, difícilmente obviará, al detenerse en 7 y 44 ya sea por obligación o irrefrenable impulso, la delgada e infinita columna de piedra en cuya cúspide un águila de bronce custodia, recelosa y severa, el éter platense. En sus garras – dice la historia – sostiene dos banderas: la italiana y la argentina, símbolo de confraternidad entre ambos países. El monumento fue hecho por los artistas Giovanola y Vecellio. Lo inauguraron un día de 1917.
Aquel que alce sus pupilas y lo vea, se sabrá en la icónica Plaza Italia, célebre por su feria artesanal, los sábados y domingos, desde los revoltosos años 60.
Hay algo de otro tiempo que revuela este círculo irregular de asfalto, baldosas y pasto, levemente sobrealzado del cordón que lo delimita. Tal vez sea el sugerente adoquinado circundante, señal de una ciudad perdida en manos del progreso y la técnica. O bien,  la marea de estudiantes, artistas, artesanos y vagabundos que henchidos de estoica bohemia echan anclas en la plaza a lo largo del día, amarrados a sus cigarros, sentados en descascarados bancos verdes, solos y acompañados, bebiendo mate o empinando cuantiosas botellas de alcohol.
Romanticismo a un lado, no resulta nada sencillo habitar los alrededores de Plaza Italia, a pesar de la proximidad y el rápido acceso que supone, a medios de transporte y parajes claves de la vida urbana como facultades, oficinas, comercios, bares, restaurantes y cafés.
Sobre la plaza desembocan y continúan cuatro de los caminos más transitados de la ciudad: calle 7, diagonal 77, calle 44 y diagonal 74. Por eso el incesante tráfico en los horarios pico, a menudo peligroso y perturbador; o las variadas paradas de colectivos sobre las veredas, atiborradas también, de locales y suciedad.
Alquilar de este lado de La Plata es realmente costoso. Departamentos elementales en dudosas condiciones, con una pieza y poco más, no descienden de los 2000 pesos mensuales, sin contar las expensas. Algunos lo padecen, otros no. Es diversa y sorprendente la fauna de individuos que viven y pululan en los bloques de edificios que componen la zona. Sin embargo, a ellos llegan numerosos estudiantes oriundos del interior, quienes para alcanzar el propósito iniciático de vivir al alcance de las facultades, se ven obligados a arrendar en conjunto y dividir gastos. Muchas veces de estos arreglos informales se desprenden forzosas y conflictivas convivencias tan perjudiciales, para el cuerpo y los ánimos, como el viciado aire de smog o el altisonante tronar de automotores que saluda cada mañana al vecindario de Plaza Italia.

viernes, 18 de octubre de 2013

Fuga de gas y corte de suministro por tres meses

En el edificio ubicado en Plaza Italia n° 163 cortaron el gas por una denuncia de fuga y no reanudarán el servicio hasta fin de año. Los vecinos de los 65 departamentos de la torre están furiosos.

Por Renso Valentini

Una cocina eléctrica, otra que funciona con tubos de butano y una hornalla con garrafita recargable como alimentación funcionan como la improvisada maquinaria de cocción de tres estudiantes. El horno que usaban, ahora cumple funciones de alacena; la parte superior, donde están las apagadas hornallas, sirve (casi como una extensión de la mesada) para apoyar el microondas, que completa el kit de emergencias necesario para sobrevivir tres meses sin gas natural.

-Nos las arreglamos bastante bien con esto para cocinar. También tenemos esta pava eléctrica- dice Chapa, mientras vuelca su contenido en un termo-, así que te puedo ofrecer mate. ¿Amargo?

Chapa se llama en realidad Juan Ignacio, tiene 23 años y vive junto a dos amigos (Juan Ignacio “Juani” y Nicolás) en un departamento de primer piso del edificio de Plaza Italia n° 163. Hace un mes que el suministro de gas a las 65 unidades funcionales de la torre está suspendido.

-A principios de septiembre, nos desayunamos con la noticia que la gente de Camuzzi había cortado el servicio, luego de verificar la instalación a causa de una denuncia de fuga.

El calefón custodia la cocina colgado desde una pared, apagado.

-Diez días después del corte, fui a la inmobiliaria y les planteé la situación. El empleado me dijo que hablaría con el dueño y que éste, aunque “no le corresponde”, no tendría problema en comprar un termo eléctrico nuevo para instalar en el departamento. Quedó en llamarme para confirmarlo, pero no lo hizo.

Al no tener gas, tampoco tienen agua caliente, por lo que deben bañarse en casas de amigos.

-Los pibes del 14 son amigos de nuestro pueblo. Tienen una ducha eléctrica, que se instala directamente en la bañera. Nos bañamos ahí o en el departamento de algún otro amigo que viva cerca.

Cuenta que la semana pasada volvió a la inmobiliaria, donde lo atendió otro empleado. Le contó lo mismo que al primero, obteniendo idéntica respuesta. Chapa le pasó el número de la administradora del consorcio, quien le había informado que estaba hablando con las inmobiliarias para que instalaran termos o duchas eléctricas.

-Nunca la llamó, ni a mí. Hoy volví a ir. Me dijeron que el dueño no iba a comprar nada, que no le correspondía y que era responsabilidad del consorcio.

El mate ya fue dejado de lado. En la play, el Chelsea de este cronista es goleado escandalosamente por el Barcelona del entrevistado. El bullicio de Plaza Italia entra por la ventana: hordas de colectivos se mezclan con miles de autos que vuelven a casa luego de un día laboral. Es el embotellamiento que todas las tardes, puntualmente, se presta a decorar este departamento, como un mural. Bocinazos, aceleradas y alguna que otra puteada entre viajeros no parecen interrumpir la concentración del local. Ensimismado en el juego, recorre medio campo con la pelota a los pies de Messi y define picándola sobre el arquero. La tiene clara.

-El gasista y sus dos asistentes arrancan a trabajar temprano, en la mañana. Todos los días me despierto con el ruido de los martillos. Lo que están haciendo ahora es cambiar el tramo de colector desde la cabina de regulación, en el subsuelo, hasta el primer piso, que es donde se encuentra la primera de las diecisiete cabinas de medidores. En la nota que me envió la administración del consorcio dice que las tareas incluyen: “Colocación de cañería en el piso del hall de entrada, engrampado sobre el techo del sótano, salida sobre planta baja al exterior hasta primer piso, prueba de hermeticidad. Luego tienen que tramitar en Camuzzi para la aprobación ocular y parcial de esta parte del colector. Después, tapar la cañería y rehacer el piso”. Pero esto no termina acá. Si la gente de Camuzzi aprueba el tramo, tienen que “desamurar y desarmar el colector existente del primer piso al diecisiete, desconectar todos los medidores de gas, reemplazar las piezas dañadas, rearmar el colector y amurarlo, conectar los medidores para su aprobación ocular”. Un amigo que es abogado está redactándome una nota para presentar en la inmobiliaria. La semana que viene la llevo. Si no te quejás por escrito, te patean de acá para allá y nadie te da respuesta.

No es la primera vez que sufren cortes de servicios en este edificio, construido hace cuarenta años. Cada tres o cuatro meses tienen corte total de agua para reparar desperfectos en algún departamento. Las instalaciones originales ya están obsoletas y las llaves de paso no funcionan.

Estos tres estudiantes pagan dos mil quinientos pesos por el alquiler del departamento de dos habitaciones, living comedor, cocina, baño y terraza en el primer piso. Además de los servicios, mensualmente abonan quinientos cuarenta y cinco pesos. Es espacioso y está ubicado en pleno centro de La Plata, lo que los beneficia en términos de transporte; pero la contaminación sonora y aérea es altísima. También son notorias las falencias de infraestructura que padece la torre: tres meses sin gas son el mayúsculo ejemplo.

jueves, 10 de octubre de 2013

El ruido y la calma

Por Augusto Bertone 

Estoy esperando a Juan Diego, apoyado contra la reja que resguarda la ventana de su casa. Miro la pantalla del celular, son las 19:10. Habíamos acordado el encuentro para las 18:45.
-No importa- me digo, mientras la tarde desciende abrupta y aprovecho los minutos de ocio para avistar, no sin ceño fruncido, la arquitectura de la cuadra, las fachadas añejas y descoloridas,  la variedad asombrosa de rostros que pasan, la caravana efímera de motociclistas que por diagonal 80 abre paso a un desvencijado colectivo, abarrotado de hinchas de Gimnasia y Esgrima La Plata.
Todo es ruido y alboroto de este lado de la ciudad, en 45 entre 1 y 2.  Entonces veo a Juan doblar la esquina. Me pongo derecho para saludarlo. Me pregunta si hace mucho que lo espero. Le digo que no, que de todos modos andaba entretenido mirando el paso de los feligreses camino a la cancha. Se sonríe con una mueca ancha y luminosa, él también es tripero incondicional. Al cabo mete la llave en la cerradura y me invita a pasar.
-La casa no tiene número porque es una división. Es el mismo motivo por el cual no tengo contrato, la misma razón por la que pago la luz y el gas con Marta.
Marta es la dueña. Es la señora gorda y arrugada que atiende el kiosco vecino y que ofrece (por un alto precio mensual) esta especie improvisada de departamento que Juan arrendó en mayo pasado, cuando decidió irse a vivir solo porque ya no aguantaba más compartir vivienda con su madre. Él tiene veintisiete años y es padre de un niño de cinco, que asiste todas las mañanas al jardín San Simón, a escasos metros de donde ahora alquila.
-En esta misma cuadra, casa de por medio, está el jardín donde va mi hijo. Ahí tenés una buena razón por la que me vine a vivir acá.
Juan fuma parejo a lo largo de la charla. Un cigarro le sigue al otro. En el televisor acomodado en un rincón, sobre una mesa ratona desbordada de discos y algún que otro libro, se ven las imágenes del partido: Gimnasia 0 – Vélez 1.
-Todavía falta mucho- me dice con voz no muy segura y gesto preocupado.
El comedor es un rectángulo de piso y paredes blanquecinas, de dos metros de ancho por cuatro de largo. Allí está la mesa ocupando el centro, flanqueada por una silla y dos bancos diminutos de plástico. A espaldas de la mesa donde estamos sentados, antes de cruzar el umbral que conecta a la cocina, una escalera angosta y filosa de hierro sube en espiral hacia la pieza de arriba, al dormitorio. El baño, a un costado de la pileta de la cocina, no tiene puerta.
-Cuando yo vine a ver la casa, la puerta estaba puesta. Le dije que sí a la vieja, arreglamos, pero cuando me vine a vivir, la puerta estaba afuera y nunca más se puso.
-¿Le reclamaste a la dueña?
-Marta me dijo un par de veces que iban a venir a poner la puerta. Con el tiempo se le habrá pasado. Nunca le reclamé nada. La pondré yo en algún momento. Es así cuando arreglás las cosas de palabra.
A Juan Diego no parece importarle demasiado alquilar sin contrato, pagar 1900 pesos por mes con gas, luz y cable incluidos, un escondrijo donde cada cosa parece inacabada y colocada a la marchanta. Sabe que está aquí de paso. De ahí su indiferencia hacia las múltiples imperfecciones que lo rodean. Le basta con volver del trabajo todas las tardes y saber que aquel lugar es suyo, aunque provisoriamente. Aquí puede gritar, patalear, disponer del espacio a su completo antojo. Por eso me dice que le agrada vivir acá, que se siente cómodo, amén incluso, del ruido incesante de motores y transeúntes que durante las veinticuatro horas del día perfora las ventanas.
-No me disgusta el ruido, a decir verdad. Trato de usarlo a mi favor. Me sirve para levantarme cada mañana, para arrancar. Ya casi no uso el despertador. Además, te acostumbrás y vivís con eso.
El partido avanza. Segundo tiempo, 1 a 1 y Gimnasia va y va contra el arco de Vélez. Por largos minutos nos perdemos en el vértigo que el relator imprime a las jugadas. Nos movemos en nuestros asientos como interferidos por una comezón inoportuna. La pelota ahora flota esquiva en la mitad de la cancha. Aprovecho la tregua y hago una última pregunta.
-¿Sentís la  afamada inseguridad viviendo acá? Se dicen muchas cosas. Es un barrio “caliente”, como sabrás. Rodeado de esos bares de estación tan mal vistos, de sigilosos patrulleros…
-No, para nada. Tampoco salgo mucho. Vivo tranquilo. Nunca me pasó nada. No tengo problemas respecto a eso. Si salgo a medianoche a comprar puchos, no me persigo. Nunca ando con nada. Te repito: me gusta vivir acá y estoy bárbaro con el barrio.
Y volvemos a la tele, a la cancha. Centro de Licht a la olla, cabezazo de Meza, la pelota pica y entra pegada al palo. Lo gritamos con la boca y con los puños. Gimnasia 2, Vélez 1 y a cobrar. Juan está contento y me invita otra cerveza. Apago el grabador. De la calle llegan toda clase de sonidos superpuestos, pero ninguno lograr alterar la impoluta calma del lugar.

Preceptora de edificio

“Travesuras” diarias de los universitarios que alquilan un departamento en la zona céntrica de la ciudad. Romina Tenaglia nos cuenta el día a día de una encargada.

Por Gustavo Martín Barrón

Colosos de cemento. Cada vez son más los que albergan estudiantes en La Plata.

-¿Pudiste pasar por ahí?- dice Romina, sorprendida, mientras espera en la puerta del edificio que está a su cargo, como habíamos acordado.
Se refiere a  los muchachos de la UOCRA (Gremio de los trabajadores de la construcción) que se juntan a esperar por algún puesto de trabajo, justo en la misma vereda del edificio. En motos y de a montones pasan por la puerta del lugar.
Abre la puerta e ingresamos al hall para conversar sobre el comportamiento de los estudiantes que viven en el edificio. Parece que la convivencia no es fácil.
-Los chicos que estudian ingeniería trabaron el ascensor la semana pasada- gruñe, resignada.
Hace diez años que vive ahí y seis que se desempeña como encargada del lugar.
Ubicado en el número 495 de la calle 44, el mastodonte de hormigón se levantó en 1974, cuando en la ciudad de La Plata todavía era posible una edificación acorde con el Código de Planeamiento Urbano. Con más de 14 pisos y 64 departamentos se acomoda para albergar a muchos estudiantes que hacen de las suyas cada vez que pueden.
Dice Romina que hace unos meses vinieron los bomberos para sacar a un murciélago que había entrado por una ventana y las chicas que estudian arquitectura, horrorizadas por este animalito, “salieron corriendo y gritando por los pasillos”.
-Susana, estudiante de Odontología que vive en el noveno piso, hizo una fiesta a la semana que vino a vivir acá- y aclara que, para no quedar mal, invitó a todos los inquilinos a su fiesta.
-Uno de los chicos de Agronomía, cuando volvía de una de sus salidas nocturnas, perdió sus llaves en el hueco del ascensor y para entrar a su departamento, rompió con el matafuego la puerta de entrada- y confiesa que todavía atan la puerta con un hilo.
Recuerda que los chicos que estudian ciencias económicas, a la hora de festejar un triunfo de Boca Juniors, encendieron una bengala para festejar y prendieron fuego la ventana que da hacia la calle.
Hay un par de columnas entre los dos ascensores.
-También fueron forzados por los chicos rugbier de ingeniería- dice, un poco con rabia y otro poco entre sonrisas.
-El ruido de los micros que circulan por la avenida son una molestia para los chicos que vienen a estudiar- cuenta, poniéndose un poco del lado de los estudiantes.
Se escucha venir el ascensor y baja “Pupi”, que “hace que estudia” odontología, ya que los padres no saben que dejó la carrera y dice: “A mi se me prendió fuego la cocina cuando dejé una hornalla prendida y me fui hacer un mandado”, agregando que “no entendía nada” cuando volvió.
-Todos los estudiantes, cuando vienen, hacen quilombo- aclara la encargada, mientras escucha por el portero la queja de una inquilina: la filtración de agua en su techo se ensancha cada vez más, luego de casi una semana que no para de llover en la ciudad.
A la hora de las quejas, aprovecha y nos cuenta que ella alquila también y no le dan vivienda, ya que el departamento que se usaba para el encargado se vendió hace mucho tiempo.
El alquiler de un monoambiente en este inmueble cuesta alrededor de 1600 pesos, de un dormitorio 2300 pesos y de dos dormitorios supera los 2500 pesos. Nos dice que para terminar el edificio tuvieron que juntar plata los propietarios de los departamentos: luego de un problema con los constructores, estos "se robaron todo".
-No se puede tener perros pero igual tienen, tampoco bicicletas pero también tienen, se advierten diariamente todo tipo de infracciones en un edificio céntrico.
Nos preguntamos qué piensan los chicos a la hora de la convivencia. Si estudian o están de paso por la ciudad para vivir solos, lejos de la familia y sentirse más independientes.
Volviendo a las anécdotas, dice que desde del octavo piso, unos estudiantes de educación física tiraban botellas de vidrio. Al hacerse presente la policía, quedó al descubierto la borrachera que llevaban.
La encargada no sólo se dedica al mantenimiento y limpieza del edificio. También debe lidiar con las diabluras de los inquilinos que lo habitan, quienes, al fin y al cabo, todavía no dejaron de ser niños.

La Pensión

Por Fabiola Merlo 


En la diagonal 113 de La Plata hay una pensión destinada a la residencia de chicas estudiantes. Cuenta con cinco habitaciones bien ambientadas y todos los servicios necesarios.
Tiene una excelente ubicación en zona de facultades. Es una casa amplia, de dos plantas. Rústica y acogedora, cuenta con espacios sumamente luminosos y confortables.
La cocina está totalmente equipada con microondas, cocina, horno, lavavajillas, dos heladeras y cantidad de estantes individuales para el uso de las residentes.
También hay un comedor y sala de estar, que cuenta con dos mesas redondas, muebles, televisión y una chimenea que brinda calidez al ambiente.
En la planta baja se encuentran un baño y dos habitaciones, bastante amplias: una individual y la otra para tres chicas.
En el primer piso hay una sala de estudio, con grandes ventanas y salida al balcón. Contiene dos mesas y estantes. Es un lugar ideal para la concentración y la relajación al momento de estudiar. En este piso se ubica también el segundo baño y tres piezas más: una individual y dos con capacidad para tres personas.
Todas las habitaciones están amobladas con placares y camas. Las piezas para tres chicas no pierden comodidad. Una, además, cuenta con baño privado. El precio de las mismas es de 1600 pesos las individuales y alrededor de 1200 las compartidas.
La pensión cuenta con los servicios de teléfono e internet ilimitado, calefacción central, un servicio especial de lavandería y servicio de limpieza dos días por semana.
Esta acondicionada para un máximo de 11 chicas. Actualmente se encuentra habitada por solo cinco, quienes se llevan muy bien y tienen una excelente relación de compañerismo entre ellas.
Como toda casa compartida, la pensión tiene reglas: No se aceptan visitas después de las 22, no se aceptan mascotas, no se puede fumar y hay que respetar ciertas normas de limpieza. Todo esto es para una mejor convivencia entre las chicas.
Ramiro es profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Es por eso que decidió trabajar con el hospedaje estudiantil y ofrecer un lugar agradable para estas chicas, que vienen tanto del interior como del exterior del país.
Esta residencia se encuentra en diagonal 113 número 504, esquina 117.